En busca del misterio de la vida en comunidad

Cómo aprender de nuevo a vivir juntos después de la pandemia


Por Luis Eduardo Pineda - Rector.


La pandemia nos enfrontó con violencia al encierro y la soledad por más de un año. Esta situación afectó en todos, a mayor o menor grado, nuestra forma de relacionarnos con los demás, nuestra estabilidad emocional y el sano equilibrio que nuestra existencia debe alcanzar entre las diferentes dimensiones que la componen.


Y el regreso a la presencialidad, a la vida en comunidad, no ha sido menos difícil. Volver a experimentar la presencia del otro, las emociones que nos inspira, las reglas que orientan la nueva convivencia o, en general, los colores que componen la maravillosa experiencia de habitar esta casa común llamada planeta, nos han exigido una reeducación.


Hemos tenido que aprender a cuidar de los demás manteniendo la distancia, sin la calidez del abrazo, mirándonos solamente a los ojos porque escasas veces vemos las otras partes del rostro, y extremando hasta el cansancio el aseo de manos.


En definitiva, repito, hemos tenido que reaprender a vivir juntos. Quiero agradecerles los esfuerzos comprometidos que han hecho para lograr que esta experiencia haya dado un balance positivo. Una gran mayoría de las familias confió en nosotros para que esto fuera posible dentro de un marco de seguridad por la vida y la salud de todos, y hemos respondido muy bien a esa confianza.


También somos conscientes que hay integrantes de la comunidad que no han podido superar las dificultades emocionales o sociales que esta situación les ha generado. No los olvidamos, sabemos y sentimos la importancia de tenerlos presentes, de cuidarlos, de ayudarlos a vencer las dificultades, de arroparlos con el calor del cariño que solo se produce en el misterioso espíritu de la vida comunitaria.


Los convido a seguir construyendo ese misterio desde la cotidianidad: saludémonos con afecto, hablémonos con fraterna cordialidad, pre-ocupémonos de quienes están a nuestro lado con un “cómo estás”, un “qué te preocupa” o un “en qué te puedo ayudar”. Estas pequeñas cosas del día a día ayudan a cultivar el tejido de una comunidad como la Fundación, y son esenciales para avanzar en la exigente misión que la sociedad nos ha encargado como comunidad educadora.